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(misionesonline.net) El trabajo en la Dirección de Antropología Forense de Nueva York no se detuvo un solo día desde el atentado que cambió la historia mundial. Los investigadores de la ciudad se enfrentan a uno de los desafíos científicos más complejos de las últimas décadas: identificar los restos de las 2753 víctimas que murieron en el World Trade Center. Hasta el momento, el equipo de especialistas logró certificar la identidad del 60 por ciento de los casos, pero todavía quedan más de mil personas sin identificar.

La antropóloga forense Angela Soler, directora del área en la ciudad, explicó que las dificultades técnicas persisten debido a las extremas condiciones del terreno tras el derrumbe. El fuego provocado por el combustible de los aviones dañó gravemente los restos humanos, lo que limitó la cantidad de material genético disponible para realizar los análisis. Sin embargo, la llegada de la genealogía genética forense de investigación abrió una nueva ventana de esperanza para los profesionales.

Soler se mostró optimista respecto al impacto de estas herramientas y detalló: “Este método es muy prometedor. Hay esperanza de que más familias obtengan respuestas y, si todo va bien, podremos analizar más restos en el futuro utilizando esta tecnología”.

La complejidad de la tarea diaria se hace sentir en el laboratorio. Según los registros oficiales, el proceso de identificación avanzó a medida que la ciencia ofreció mejores recursos para examinar las muestras que permanecen bajo custodia. La funcionaria recordó el esfuerzo colectivo que implicó la catástrofe y remarcó: “Fue uno de los esfuerzos de identificación más complejos que alguien haya experimentado jamás”.

Para los familiares de los bomberos y trabajadores que perdieron la vida en la Zona Cero, el paso del tiempo transformó la espera en una convivencia silenciosa con el dolor. Juliette Scauso tenía apenas cuatro años cuando su padre, el bombero Dennis Scauso, falleció en el atentado. Durante un cuarto de siglo, el único rastro físico que conservó de él fue su casco destrozado y su placa de servicio. Para ella, la posibilidad de una confirmación oficial después de tanto tiempo resulta movilizante.

Scauso describió cómo construyó su vida en torno a esa ausencia: “Pasé prácticamente toda mi vida sabiendo que mi padre murió y aprendiendo a vivir con el hecho de que nunca lo recuperamos”.

La joven explicó que su familia prefiere mantener el recuerdo de su padre a través de sus pasiones, como el jazz, y que recibir una notificación formal no aliviaría la pérdida. En su testimonio, Scauso fue categórica: “En este momento, su identificación no cambiaría la realidad de su muerte. No me devolvería a mi padre, y no quiero reabrir algo que se ha convertido en parte de mi forma de vivir y de sobrellevar el duelo”.

Y cerró con una definición sobre el impacto emocional de la búsqueda:

“Sobre todo 25 años después, reabriría las heridas”.

A pesar de las distintas posturas de los familiares frente a la notificación, el equipo de antropólogos forenses mantiene el compromiso de continuar con las pruebas genéticas de manera ininterrumpida. La utilización de la secuenciación del genoma completo permite ahora buscar vínculos con parientes lejanos de las víctimas, lo que amplía las posibilidades de coincidencia. Para Soler, el impacto de cada nueva identificación es profundo y genera sensaciones encontradas en los hogares.

La especialista analizó la reacción de los allegados al recibir la noticia: “Es la confirmación de algo que siempre supieron que era cierto: sabían que su ser querido murió el 11 de septiembre, pero creo que para muchas familias, esa pregunta sigue presente hasta que los restos sean identificados formalmente”.

Aunque el camino es largo y la posibilidad de identificar a la totalidad de las víctimas es baja, el equipo científico de Nueva York no planea abandonar la tarea. Soler ratificó el compromiso ético de la institución frente a la comunidad: “Mientras haya familias que busquen respuestas, seguiremos buscándolas”.

 

Autor: admin